Joni James - Dream A Little Dream Of Me (2015)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Tempus fugit/ 25 - Carpe diem/ 13 - Fábula del tiempo - Luis Muñoz - España


Seguramente, si lo piensas,
estos años no van a repetirse.
Vivirás su carencia irremediable,
se llenará de sombras tu mirada,
te habitará el vacío y, con el tiempo,
se destruirá tu imagen del espejo.

Y esperarás cansado, te aseguran,
muchas tardes morir en tu ventana,
buscando en la memoria
ese tiempo feliz, siempre perdido,
esa estación dorada que tuviste
y que debe ser ésta, más o menos.
De Septiembre, 1991

lunes, 22 de agosto de 2016

Traduciéndonos a nosotros mismos - Yolanda Pantin - Venezuela


Hay algo extraordinario

en el lugar del No Entendimiento
y el deseo de entender

semejante a la tarea de escribir un poema
o de traducir un fragmento

de un idioma desconocido

Algo cierto
como un hachazo

en la infantil necesidad
de articular un pensamiento

o dibujar algo

que haga señales
en el claro del bosque

para el niño autista

Pequeños sucesos
de la comunicación humana

-¿Qué dice?
-¿Qué quiere decir?

Mínimos gestos y mínimas palabras
que en algo calman

la creciente ansiedad
Voy entendiendo sólo

lo que proyecto sobre ti

lo que tu lengua
desencadena

desde su música extraña
cuando

desde algún lugar

desencajado
emergen

como faros, también, inesperadas
alusiones a osos, a leopardos

O la palabra "lobo"

traída por el deseo
más allá de las cultas referencias

a la fundación de Roma
y pasando por alto

lo que podría ser
en el diálogo y no en el monólogo

poético

si pudiéramos hablar
en el mismo idioma

un intercambio de eruditas lecturas
y salas de museos

la palabra "lobo"
enaltecida

sustanciada

Porque

lo que al final se entiende
desde la callada

orfandad
de frases imposibles

y oídos
sordos

vacilaciones
intentos de avanzar

en el claro del bosque

-¿Qué dices?
-¿Qué me quieres decir?

cuando una palabra surge
y uno cree entender

lo que no era
y Es




en la certeza también
y en el fracaso del poema.
De La Épica del Padre, 2002

sábado, 20 de agosto de 2016

Sentido - Fruela Fernández - España


De pronto piensas
que ya no entiendes las historias-
enfermos
de lucidez
derramando sus mundos.
(Tal vez
tendrías que empezar por ti,
pero ya es tarde,
y no sirve de mucho).

Hace sol,
es domingo,
los tranvías destazan
el ventanal,
la cabeza te cruje de resaca.

Es domingo,
                 tus ojos
ven que todo funciona,
y no lo entienden.

Algo
te trae inquieto.
              Todo
provoca
tentación de sentido-

pero no lo tiene.

jueves, 18 de agosto de 2016

Los árboles no son de madera - Fabio Morábito - Egipto-México


Los árboles no son de madera
y no tocamos madera cuando tocamos un árbol.
Un árbol,
cuando ha exprimido el canto de sus ramas,
se recuesta en su tumba de madera,
toca madera y deja de ser árbol.
La madera de una silla no es madera muerta
y los árboles no son madera viva;
los árboles son árboles
y la madera es madera,
y los árboles muertos
son madera de pie,
madera con ramas y pájaros,
y no se sabe si los pájaros
los toman como árboles
o como lo que son: sillas silvestres,
madera para descansar que anhela que la quemen.
Los árboles se mueren de madera,
y el fuego,
que compendia en un minuto años de pájaros,
años de hormigas por las ramas,
conoce sólo un idioma: la madera,
y no sabe nada de los árboles.

martes, 16 de agosto de 2016

Brecha solar - Rafael-José Díaz - España


Pienso ahora
que ha sido sólo aquí, en este banco
de un parque en el que fui
un niño que corría, se internaba
entre las hojas de la tarde
y se escondía
tras los troncos de arbustos y palmeras,
fingiendo olvidarse de su madre,
pero siempre pendiente de sus ojos, su voz;
que ha sido aquí, en tantos días
de veranos sucesivos, de brechas
abiertas entre tiempos de ausencia o de ceguera,
donde el sol descorría
las cortinas de nubes, delicado,
y bajaba hasta el cuerpo, hasta la ropa
ligera que lo cubre en el verano,
hasta el libro, hasta el iris
de los ojos que leen, hasta
las manos que componen sin saberlo otro libro,
menos luminoso;

pienso ahora, también, aunque tal vez
lo haya sabido siempre, que estas nubes,
en su danza, descubren
y cubren, o desvelan y velan la mirada
calurosa del sol, y con sus gestos
de nada hacen que el cuerpo todo
se estremezca y recuerde lo que nunca sintió,
sienta ahora lo que nunca ha pensado
y piense en este instante y más allá
de este instante, del sello
huidizo del sol sobre el espíritu,

que ha sido sólo aquí, en este banco
de madera ya casi despintada,
donde el sol se ha entregado de verdad,
donde el cuerpo ha sabido,
desde siempre,
que su carne es un mínimo fragmento
del sol que ahora se derrama,
tímido,
por una brecha abierta entre las nubes.
De Moradas del insomne, 2005

domingo, 14 de agosto de 2016

Moisés - José Pérez Olivares - Cuba


Y Moisés dijo a su pueblo: Tened memoria de
aqueste día, en el cual habéis salido de Egipto...
Éxodo, 13, 3

Vengo de las duras arenas de Egipto,
de las pardas y lejanas tierras de Canaán.
Me sigue el pueblo de Israel,
este arduo y cansado pueblo,
esta insomne y misteriosa raza
sin patria y sin memoria.

Atravesé las aguas,
recorrí sedientas estepas,
vi morir despacio a sus hijos,
pero seguí adelante.

Mi pueblo nada pregunta, simplemente me sigue.
Lenta y confusamente me sigue
hacia donde yo señalo.
Si digo: "la tierra que prometí está hacia el norte",
      él va conmigo hacia el norte.
Pero si digo: "la tierra que nos aguarda
      queda al sur",
vuelve inmediatamente los pasos hacia el sur.
Y si me paro en seco, y exclamo:
"al este, debemos encaminarnos al este",
mi pueblo no protesta,
porque sabe que la tierra de Jehová
está en todas partes.

A veces me pregunto
qué tierra es esa a la que nos dirigimos,
qué milagroso país nos aguarda
al final de este ciego peregrinaje.
En un mundo embriagado de fronteras,
hundidos hasta los ojos en la barbarie,
      ¿adónde podremos ir?
Quizás a la tierra de Amorrheo,
      de pastores y labradores?
Tal vez a la de Jebuseo,
      tierra de mercaderes,
sitio de tránsito en el espejo de las caravanas.

Mi pueblo no sabe que temo por él.
De noche, con los ojos abiertos, medito
      en la oscuridad.
Me levanto y camino envuelto por las sombras
hasta que el día me sorprende.
Entonces,
como quien tiene una súbita revelación
obligo a mi pueblo a emprender nuevamente la marcha,
haciéndole creer
que a la distancia del vuelo de una flecha
      está el final del viaje.

viernes, 12 de agosto de 2016

Paseo de los tristes (*) - Javier Egea - España


Ah, qué bien comprendo, mudo
frente al húmedo rumor del viento,
aquí donde Roma se transforma
entre cipreses cansadamente
la inscripción de otra alma
que habla de Shelley...
(Las cenizas de Gramsci)

Entonces,
             en aquella ciudad
o en la intuición primera, vaga, de su cuerpo,
el pensamiento aún flotaba en bucólicos careos,
en versos aprendidos sin historia
y no era posible amar
entre unas calles donde todo era sucio,
carne sin brillo,
cuando aún en el mar, la nube y las espigas
sin historia y sin tiempo, vanos,
estábamos durmiendo
                              o ignorando
esa gota de sangre que cuelga del amor
-su blanco cuello herido-,
ignorando la clase oscura en que nacimos,
sin consciencia de naves hundidas,
de rubios naúfragos,
condenados a vivir una historia perdida
de explotación y soledad, de muerte enamorada,
sin saberlo.

Y sin embargo,
entre los autobuses, el gentío,
en la dulce ignorancia,
fue creciendo una luz
que nos hizo sentir un crujido brillante
después que allí, en la sórdida pensión
donde siempre se asilan viajeros sin destino,
gentes oscuras,
en un lugar sin esperanza,
dos cuerpos se sintieron indefensos
sudando en el asombro de la primera felicidad.

Era cuando diciembre desplegado en la lluvia
se adueñaba de parques y avenidas,
poniendo en los aleros, en los patios
un metálico chapoteo,
un baile de sorpresas poderosas,
dejando por los labios recién aprendidos
la caricia de un húmedo silencio
-los inaugurados caminos del corazón-,
cuando aún en los hombros persistía la vida,
su mordisco sincero, su lengua sabia,
su saliva casi susurrante.

Perso sucede que también fue entonces
-en estas mismas calles
donde se han ido acumulando
más humo, más dolor o más conciencia,
donde hicimos un hueco en la miseria
de los portales en penumbra-
cuando -dichosos y asombrados burgueses-
también sentimos la primera muerte,
la irreversible palpitación.
Muertos el mismo día del amor,
nosotros, los más jóvenes,
los dominadores de ojos tímidos,
los pálidos vencidos desde aquella ocasión,
inconscientes y bellos, cintura con cintura.

Por eso hoy, aquí,
                        en la estación
donde se esfuman todas las presencias,
entre un turbio vapor que zarandea,
parece que perduren las mismas señales de la despedida,
los mismos e indescifrables y grises mozos,
el olor rancio de la espera
y muchachas que aún lloran y soldados.

Es el viejo andén:
ese espacio obligado para el conocimiento,
de donde nacen todas las poesías,
las músicas oscuras,
estos largos paseos de diciembre
encaminados a viejos lugares
que hoy toman otra luz:
ese brutal deslumbramiento de todo lo perdido,
hoy, cuando en otro diciembre más maduro,
un aire demasiado familiar,
con su cansada compañía,
nos va diciendo que a pesar de todo
hay que seguir en pie.

Y algo que ya conoces te adentra en la ciudad:
es la luz que producen la muerte
o el vicio de recuerdo
-sus conocidos rituales-
y que desde los vastos dominios de su oscuro poder
nos va volviendo solitarios, merodeadores,
husmeantes criaturas en busca del aroma diferente,
pendientes de algún día que vuelva a despojarnos,
de un rachazo distinto, inesperado
como el primer amor.
(Ah, cómo toman sentido con sus labios
los carteles del cine,
esa espalda con lluvia al volver de la esquina,
este olor a diciembre;
cómo comprendo hoy
que haya un paisaje terco de ventanas que velan,
de puentes derrumbados,
haya una especie de frialdad brillante
forzando el paso;
ah, qué bien comprendo
ahora
aquel vientre tensado en el gozo,
aquella urgencia dulce de la primera vez.)

Mirad cómo se cruzan estas gentes desconocidas,
cómo se pierden en un fondo grisáceo
poblado de farolas y de solemnidad
como un réquiem.
Flota en este lugar
un aire de posible belleza, de miseria real,
un cierto aprendizaje de burdos poderíos,
un aroma de desclasamiento
y también un extraño deseo.

Mirad sus ropas, su fingida grandeza:
van de regreso como de costumbre
hacia los torpes refugios que vende el capital
a cambio de silencio.
Es posible que ellos, algún día,
también sintiesen aquel desgarramiento
y el terror de saberse extinguidos
les dejó para siempre en el rostro
su cómplice desprecio.
Porque ellos, en la avenida principal
con su lujo de asfaltos y luces,
también mueren de soledad
aunque confusamente promiscuídos
en la misma derrota.

Ahora,
cuando uno ya es menos dogmático,
se aprecia con la fuerza de quien ha resistido,
con la luz clandestina del dolor,
y percibes sus tonos añiles,
su rancia mansedumbre,
mientras los sientes caminar
hacia una sorda lejanía
y la noche se hace más honda
y sigues adelante.

Atrás se van quedando
los espectrales monumentos
donde el mundo esculpiera su fracaso,
las estatuas que alzan el antiguo delirio,
estratégicamente perdidas, insomnes en sus bronces,
bajo los ojos sin piedad
del águila varada que corona la Banca
y que también entre sus garras
muestra el embate del verdín,
las grietas que revelan su futuro,
su inevitable corrupción.

Ahora,
cuando ya no se entiende
ninguna forma de dominio,
mirad cómo se agranda la muerte
más nítida que nunca,
sin niños ni palomas ni vendedores de marihuana,
cuando ya se marcharon
las últimas muchachas junto a la fuente,
en las cercanías de la plaza
sin nadie en estas horas, desolada:
aquí también es tarde para la vida
y desde las calles que suben a míticas ruinas
-de un tiempo
en el que aún las gentes se humillaban
y extraños personajes ascendidos a dueños
vivían de su sudor-
un viento helado te alcanza,
te recuerda de nuevo su cuerpo,
las citas, el jadeo
de aquel diciembre enamorado.

Todas las plazas tienen olor de espera,
todas las plazas abren un respiro fingido,
adornado con árboles en poda, lluvias interminables
por donde cada corazón se tambalea
y va dejando huellas de cigarros,
pisadas sin amor,
restos de soledad sobre los bancos públicos
que sin embargo ofrecen reposo, intimidad...
mientras algún chillido de un pájaro alarmado
anuncia la presencia del río,
las oscuras espumas,
sus orillas con gatos que huyen
hacia los negros sumideros de la ciudad.

¿Quién de nosotros
-los que ya nada poseemos
sino el deshabitado extravío de la conciencia-,
en una de estas noches sin tregua
no ha sentido esa sorda pasión,
no ha sentido el lejano temblor
y brillar por encima del cauce
otra clase de luz, otra esperanza?
¿O quienes
-de los que amaron y perecen-
no se saben perdidos y distintos ahora,
casi románticos,
cuando se estrecha el corazón
y el pretil no es apoyo sino larga frialdad,
sino cabalgadura de un sueño malherido,
envuelto en su neblina traspasada de lluvia,
con esa luz amarillenta
que campanadas centinelas
hecen temblar?

No es posible el olvido en esta calle
en donde aún alienta y se entreabre
la aventura borrosa de aquellos labios jóvenes,
inaprensibles en la vieja estrechez,
y sin embargo,
va subiendo del río un rumor de pañuelos,
de manos desprendidas sin razones oscuras,
un vapor que nos habla de futuros andenes
donde también perecerá el recuerdo,
o al menos otra piel,
otro cuerpo que también resistió,
otros labios acaso menos bellos
den sentido a esta otra soledad,
a esta nueva plaza desierta
compañera de un río
que en extrañas crecidas de la luz
preludia el alba.

Al fondo crece un bosque en talud
bajo la inútil defensa de las torres
por donde aún penetrará la muerte,
como una nube turbia,
invadiendo el recinto que guarda la nostalgia
de todo corazón extraviado en el amor,
en todas las ciudades
que muestarn con su historia su eterna soledad.

Por eso hoy, aquí,
mientras destiñe el cielo sobre los troncos húmedos,
una secreta vecindad de gentes
extenuada tras el sueño
se oye vomitar en los lavabos
con ese miserable ritual
en que comienzan todas las jornadas.

Y todo esto duele como la incertidumbre.
Pero en la soledad sin amor del merodeo
algo aprendimos, algo sabemos ya
que el idealismo ignora -pero teme-
y que los grandes vanos
de un edificio en construcción enseñan, sin pudor,
tan cerca del pretil:
que estas herramientas apaciguadas
hasta el amanecer, en su oscuro abandono,
serán las mismas que todo lo socaven
arrojando a las aguas crecidas
siglos sin luz, escombros, podredumbre.

Porque en la cansada claridad
de un regreso imposible,
lo dolorosamente comprendido
-bello y terrible ahora-
es que el río que abajo se atropella
poblado de cadáveres,
de cuerpos demasiado familiares,
de rostros nítidamente reconocidos,
no sólo lleva desperdicios, sudor, explotación,
sino que en los oscuros raíles del agua,
en su otra belleza revolucionaria
-como si un nuevo andén-,
mueve otra cierta sensación:
que ha de perderse un día para siempre
este tiempo burgués del extreminio
que, ahora,
enseña su esplendor envejecido
en las ojeras grises de un alba sin amor.

Y yo, coleccionista de diciembres helados,
hombre sin luz,
en la desesperada embriaguez del recuerdo,
abatido en las aguas que no cesan de madrugar,
también me siento triste, extenuado,
y siento demasiada torpeza en estos pasos
o quizá demasiado dominio en este viento
que invade el corazón
y demasiada soledad sin duda.

También era diciembre, también amanecía,
también en la corriente poderosa
he de sentir su cuerpo, sin vida, junto a mí.
De Paseo de los Tristes, 1982

(*) Mientras escribía los versos de este libro escuché con frecuencia música de réquiem: fue precisamente el Réquiem de Fauré el que mantuvo la coherencia tonal de este poema. (N. del A.)

Réquiem - Gabriel Fauré 
The Paris Comservatoire Orchestra, 1963 
André Cluytens: director 
Victoria de los Ángeles: soprano 
Dietrich Fischer-Dieskau: barítono 
Choeurs Elisabeth Brasseur 
Henriette Puig-Roget: órgano 
1. Introite et Kyrie 
2. Offertoire 
3. Sanctus 
4. Pie Jesu 
5. Agnus Dei 
6. Libera me 
7. In Paradisum